La Guarida del Ocio

La guarida del ocio

Refugio donde se resguardan formas de vida y creatividad. Espacio de aquellos que sustentan o cuestionan prácticas políticas específicas, retornando a la filosofía y la semiótica como eje fundamental.
Un sitio de camuflaje entre lo que podría ser arte y lo que parecen ser herramientas de lucha dentro de la campo de la cultura. Podríamos imaginar que en esta guarida la “no acción” genera sigilosamente una traslación de la acción convirtiéndola en explosivo material semiótico.

Hablemos entonces acerca de cómo el poder simbólico se convierte una poderosa herramienta. Solo es cuestión de encender la televisión unos segundos y veremos todas las formas en las que se han aplicado las capacidades creativas para potenciar el consumo gracias a la  publicidad y el marketing. A diario el monstruo mediático gana terreno en la guerra de territorios inmobiliarios para la conversión de espacios públicos en bienes privados. La campaña del terror creada como la sintomatología de la inseguridad en el espacio urbano, profundiza el viejo modelo de limpieza social desde el uso de imágenes y la enunciación de discursos. Día a día en la televisión los asentamientos comienzan a ser la imagen de la zona de peligro (la pobreza). Ahora plazas y parques enrejados son lugares de batalla contra la delincuencia y el narcotráfico, y así los gobiernos de diversas partes del mundo, se han prestado como testaferros de estos mega-negocios, promoviendo la violencia indiscriminada en pos de la reorganización urbana y la “puesta en valor”.

Sin Estado es como se titula el proyecto nacido de la colaboración entre el colectivo Democracia, “Todos por la Praxis” y Santiago Cirugeda. Consistió en una intervención multidisciplinar, desde el arte y la arquitectura en el contexto de los asentamientos ilegales de población de la Cañada Real en Madrid. Territorio sometido en ese momento a un proceso de desalojos y destrucción de las viviendas. La Cañada Real Galiana es un antiguo camino de trashumancia que albergó más de dos mil viviendas y casi cuarenta mil habitantes repartidos en quince kilómetros de terreno. Esta población ha ido creciendo, configurándose de forma cada vez más compleja, allí convive el tráfico de drogas con el emplazamiento de nuevos negocios de construcción en terrenos públicos. Infraviviendas y hoteles ilegales se yuxtaponen con futuros country y casas de campo.  La denominación de este proyecto como Sin Estado tiene una doble lectura: por un lado, responde a la utilización de fondos públicos destinados desde el ámbito del arte a intervenciones de carácter social en un espacio en el que la misma administración rehúsa llevar a cabo cualquier servicio público. Por otro, se refiere a un territorio marginal, desregulado, ajeno a las estructuras legales y administrativas.

La historia de este asentamiento en una ciudad europea nos transporta en un viaje sin escalas al permanente conflicto por viviendas dignas en Argentina. Aquí, las villas miserias y casas tomadas son materia de nuevos intereses de grupos inversionistas y las obras de Democracia nos ayudan a describir una situación que no nos es ajena.

Elegimos mostrar un fragmento de la instalación que  trabaja justamente sobre esta dinámica de desalojos y criminalización de los barrios mas empobrecidos de Madrid pero desde la producción de una especie de “merchandising”. Clara ironía acerca de cómo el objeto de consumo pasa a consolidar una identidad simbólica de aquellos barrios y como también allí se construyen aquellos estereotipos.

Luego de pasar por el probador de moda de alguna tienda exclusiva, encontramos allí las camisetas y gorras estampadas que se ubican debajo del escudo Sin Estado. Entre los objetos se encuentran variados utensilios: desde un “kit de cocaína” hasta un paradójico pañuelo palestino con el mismo lema.

Seguimos transitando los rincones de esta guarida del ocio y aparecen las obras de Claire Fontaine, las que generalmente deambulan por los suelos, muros, puertas y techos. Banderas que caen hacia el piso, aterrizando sobre el suelo en un mundo en plena guerra de estados y naciones, pequeñas pinzas-llaves intentan corromper el bolsillo de algún coleccionista millonario, luces de neón compran/venden la nostalgia de alguna revolución caída.

Pequeños jeroglíficos de la iconografía pública, en Reciprocidad sus pintadas de humo atraviesan la sala de exposiciones. Esa mancha anónima, que se asocia más con los baños públicos que con las galerías de arte, interviene en la relación espacial de ambos lugares sagrados, dejando una marca arqueológica tan fuerte como la quema de un neumático en el asfalto de una barricada o la ralladura de un muro en la cárcel. Pero esa sutileza de la memoria de la huella, de la materia agresiva del contacto del humo del fuego con la pared, muro, techo, piso; esa elegancia en medio de lo precario, es un gesto de fuga en el aséptico cubo blanco.

Como dice su propia biografía: “Claire Fontaine usa la frescura de su juventud para convertirse en cualquier singularidad, como un terrorista existencial en busca de la emancipación. Crece entre las ruinas de la función de autor, experimentando con protocolos de producción colectiva, la desviación y el establecimiento de varios mecanismos para compartir la propiedad intelectual y la propiedad privada”

La máquina centrífuga nos transporta ahora hacia aquellos días de la crisis del 19 y 20 de Diciembre de 2001, cuando sonreíamos al ver la cantidad de cámaras digitales que aparecían dando vueltas por las asambleas barriales después de los saqueos de las grandes tiendas del centro de la ciudad. Muchos de esos equipos fueron a parar a una especie de escuela de auto-educación para fotógrafos, cineastas, documentalistas  y periodistas. Al ritmo de las cacerolas surgieron medios de comunicación alternativa o independiente, como la versión local de Indymedia, el movimiento Argentina Arde, Anred, La Vaca, entre otros. En ese entonces había una necesidad de colectivizar las imágenes, disparar flashes para proteger la seguridad de los movimientos sociales y registrar a cada segundo aquella cotidianidad histórica del llamado Argentinazo.

De aquel movimiento surgieron más grupos, medios de contra información y emprendimientos de toda índole. La Cooperativa de Fotógrafos Sub, es un proyecto que no sólo socializa sus experiencias, estrategias y sensibilidad retiniana, sino que a su vez, la reciprocidad, el intercambio, es una presencia constante y concreta en la construcción de esta cooperativa.

En las imágenes de los fotógrafos de Sub hay un diálogo permanente entre el sujeto-objeto fotografiado y la subjetividad de esas historias en las que se introduce. Es exactamente a partir de esa mirada comprometida que una acción concreta se produce al disparar la foto. Lentes y memorias pasan a formar un Sub-mundo de registros, de momentos claves para el inconsciente colectivo. Y desde lo poético informan o dan cuenta de aquello que se nos pasa inadvertido cotidianamente: lo marginado, lo rechazado, lo transgredido o amenazado por el olvido. Pero sus imágenes están dotadas de una potencia aún mayor, la belleza y el erotismo que habita incluso dentro de pozos ciegos o frente a secas hectáreas de sembradíos de soja. Y es a partir de esa cualidad que devuelven su humanidad a aquellos sujetos y sucesos capturados (liberados) en las fotografías, a pesar de ser solo gotas de tinta.

 

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